Un nuevo espacio público para Santiago

Cristina Felsenhardt

La Cañada es uno de los espacios públicos paradigmáticos de Santiago del siglo XIX. Este tipo de lugares era primeramente definido en las ordenanzas medievales españolas en los márgenes de la ciudad y destinado al desplazamiento  hacia el campo y a la parada de carretas y carruajes. La metamorfosis de este espacio agreste, que por muchos años permaneció con su carácter campesino, se desarrolla desde el momento en que O´Higgins la decreta como un lugar para un novedoso paseo arbolado y con su puño dibuja el plano que le da la forma. De sus viajes a Europa trae este modelo de avenida, que le cambiará el aspecto a este fragmento de la ciudad, convirtiéndose La Cañada en un lugar donde la sociedad santiaguina se mostrará en pleno. Es en el siglo XIX que La Alameda pierde entonces lo que fuera la tensión natural entre el campo y la ciudad, apareciendo el proceso de adopción de modelos foráneos que durará hasta hoy. Cito la frase de O´Higgins: “se han acopiado los materiales y plantas suficientes para la obra que llenará todo el ámbito de la calle con hileras de árboles, asientos de preciosas materias y fuentes perennes, todo trabajado según reglas del arte…“

Uno de los temas de gran interés en esta imagen, es la conformación espacial de este paseo. Al igual que en varias otras imágenes de La Cañada, posteriormente llamada Alameda de las Delicias, el tramo más representado en el siglo XVIII y XIX  es el que se encuentra al poniente de la iglesia de San Francisco. Consta de un paseo central y dos caminos laterales mixtos, tanto para carruajes como para peatones. Este paseo central es delimitado por tres corridas de álamos erróneamente llamados “chilenos” (Populus nigra), acompañados de una acequia a cada lado del paseo, que asegura el riego de estos árboles. Hay varias imágenes posteriores de esta parte de la misma avenida, como aquellas de los pintores Giovatto Molinelli, Juan Francisco González, Alberto Orrego Luco, Fernando Laroche y Fréderic Sorrieu, que exhiben un tipo de árbol distinto al que aparece en la imagen de Gay. Los álamos que aquí vemos fueron atacados por una peste, causando la muerte de gran parte de ellos, por lo que se replantó todo el paseo con una nueva especie. Al final del paseo arbolado y dado por el giro que da la avenida, se divisa el remate conformado por el frontis de la iglesia de San Francisco, y llama la atención que no aparece la tan paradigmática torre campanario, que seguramente está tapada por el volumen arbóreo. En la mitad de la perspectiva, aparecen jinetes cruzando el paseo en un lugar donde la separación entre los árboles es mayor, por lo que debe tratarse de una calle transversal. Sobre las acequias de riego hay pequeños puentes peatonales que llevan hacia las calles laterales.

La densidad de peatones es menor que en otros cuadros que retratan el mismo lugar, y los usuarios son más diversos en cuanto a los estratos sociales y actitudes. Aparecen peatones en elegantes atuendos -sombreros de copa los hombres y vestidos largos, cofias y mantillas las mujeres-, al mismo tiempo que personajes vestidos a la mejor usanza del campo, con sus sombreros de fieltro de bonetes altos llamados galeras o bonetes maulinos, y con mantas y calzones anchos amarrados bajo la rodilla.

Es en el siglo XIX entonces, que La Cañada se suma al conjunto de espacios públicos señeros como son la Plaza de Armas, el Paseo de los Tajamares al borde del río Mapocho y el Cerro Santa Lucía, ampliando de esta manera la cantidad de lugares de paseo urbano capitalino. Es oportuno mencionar aquí que la Plaza de Armas es un modelo urbano hispano, mientras que el paseo de La Cañada es más bien originado en la cultura urbana francesa, arquetipo de carácter verde, que nace de los espacios exteriores reales, que enfatizan la perspectiva.

La influencia de los ambientes públicos verdes es tan fuerte en Chile, que irrumpirá en el vacío de la Plaza de la Independencia, también llamada en la colonia Plaza Mayor, convirtiéndola en un espacio más de parque que plaza de mercado, perdiéndose de esta manera la funcionalidad variada y flexible del espacio vacío fundacional.