Malentretenidos

Soledad Chávez Fajardo

¿Quién podía irse preso en el Santiago de Chile del siglo XIX? Podía irse presa la persona que no tenía trabajo, quien estuviera amancebado o el sujeto sorprendido en plena vagancia. Hasta quien usara largos ponchos podía ser objeto de sospecha, por el peligro de lo que pudiera ocultar entre sus ropas, como un arma con la cual asaltar. Estos aprehendidos eran conocidos como los ociosos, vagos y malentretenidos, aquel sujeto: “sin oficio ni ejercicio, bebedor, jugador, ladrón y posiblemente amancebado, como perturbador del orden”, describe Alejandra Araya. Posturas xenófobas, como la del historiador Francisco Antonio Encina, señalan que se llegaba a esta condición producto del mestizaje entre españoles e indígenas: “al cruzarse, no solo legaron al mestizo la repulsión por el trabajo, sino que produjeron una interferencia moral, determinada por el choque de las normas ancestrales y diferentes de ambas partes” (1952). Lejos de comprobarse esta postura, lo que nos interesa de esta forma de castigo no son tanto las causas como las medidas de castigo. Toda persona en esta situación, en efecto, debía ser utilizada como mano de obra, a manera de disciplinamiento social. Nada de mano de obra barata: mano de obra gratuita al servicio de la ciudad. Santiago, por lo tanto, se ha armado y rearmado a partir de un trabajo en manos de estos sujetos privados de libertad. Se puede hacer un recorrido por cada una de las grandes obras cívicas decimonónicas y en muchas de ellas se comprobará el rastro de un prisionero y su condena. Esta práctica se legitima con  un bando que la Real Audiencia dictó en 1805: el presidio cuya condena consistía en trabajos en obras públicas, ya que se sostenía que el antídoto contra el ocio y los desórdenes era trabajar. Esta dinámica, sin embargo, venía desarrollándose desde las extremas prácticas del corregidor Zañartu, famoso por los pillajes que hacía de posibles malentretenidos, las “razzias en garitos y chinganas, especialmente los domingos y lunes”, que señala el historiador Luis Alberto Romero (1988). ¿Cualquier prisionero era apto para este tipo de condenas? El historiador Sergio Grez cita de un decreto: “Se entenderá por vago al que teniendo robustez necesaria se halle voluntariamente sin ocupación” (1997). Esta afirmación muestra, entonces, qué tipo de sujeto era el idóneo para ser apresado y disciplinado: aquel que tuviera la contextura adecuada para los trabajos. Podríamos entretenernos, justamente, en la contemplación de cada uno de estos condenados del grabado, rumbo a alguna tarea cívica, lo más probable es que la limpieza de la ciudad, por los enseres que portan con ellos. Podríamos analizar portes, contexturas, ánimos y ver en ellos a esos “robustos sin ocupación”. La radicalización del trato hacia los presos vendrá de la mano del absolutista pluriministro Portales, quien por falta de recursos, en 1836, construye un presidio ambulante: las nefastas jaulas de hierro montadas sobre carretas para sacar a los reos a trabajar en la construcción de caminos u otras obras públicas. Lo más probable es que estos presos que contemplamos ahora pudieran venir de estos infaustos encierros. Rugendas, para el álbum de Gay, retrata el momento preciso en que los presos se dirigen a realizar obras. Lo interesante es la confluencia de esta situación con el Palacio de la Moneda como fondo ¿Sería un oxímoron? ¿Una paradoja? Más bien es la dualidad barthesiana que tanto maravilla al leer una imagen: el centro gubernamental coronado por presos. Al contemplar la escena en la actualidad, se puede generar una serie de lecturas basadas en esta oposición que puede dar más de alguna interpretación. Sin embargo, la obra de Toesca en el momento del grabado, aún no era el domicilio oficial de los presidentes, por lo que esto que se presenta no es más que una escena cotidiana: un día a día donde no se tenía a un empleado municipal, sino que a un presidiario, culpable, muchas veces, por extrañas razones.