Lo real y lo ideal: la planta de Santiago de Ovalle

Amarí Peliowski

Alonso de Ovalle, jesuita chileno nacido en 1603, parte en 1640 a Roma y Madrid en calidad de procurador de la iglesia chilena para resolver diversos asuntos de la Orden, entre ellos, captar a religiosos para trabajar en Chile. Durante su larga estadía en ambas ciudades –diez años-, escribe y publica en 1646 en la capital italiana su famosa Histórica Relación del Reyno de Chile, crónica sobre el país realizada para dar a conocer las características de sus tierras en una Europa que desconocía de qué se trataba esa colonia al fin del mundo y, de paso, atraer a sacerdotes a instalarse en el país. “Habiéndome venido del reino de Chile y hallando estos de Europa tan poco conocimiento de él que en muchas partes aun ni sabían su nombre, me vi obligado a satisfacer el deseo que me instaron diese conocer lo que era tan digno era de saberse”. Como observa Alfredo Jocelyn Holt (2004), antes de la Histórica Relación, las descripciones sobre el reino se centraban sobre todo en las dificultades y obstáculos que debían sufrir los colonizadores: frío, vacío, silencio y guerras, en un paisaje inhóspito y salvaje. En cambio, Ovalle evoca visual y sensorialmente imágenes de placer y afecto en una descripción por primera vez total y comprehensiva del paisaje de Chile: habla sobre la geografía, el clima, la flora y la fauna, la cordillera de Los Andes, los volcanes, los ríos, el mar y la nieve. Con Ovalle, dice el historiador, “se despejan las nubes, brilla el sol, se ilumina e intensifica todo en esta tierra generosa que también sabe ser suave y apacible, multiforme y coloreada, grata a todos y a cada uno de nuestros sentidos”.

En su crónica, Ovalle incluye varios grabados que muestran lugares y actos históricos o rituales de la sociedad chilena, incluyendo a los pueblos indígenas que por ese entonces eran mayoría en Chile. Uno de esos grabados es este plano de Santiago, que muestra junto a la vista en planta una perspectiva de la ciudad. Como es evidente, ambas representaciones son incorrectas en su relación con la realidad: la planta muestra un Santiago demasiado regular y extenso para la época (además de un río Mapocho y una Cañada casi paralelos), y la perspectiva muestra edificios que no son identificables, que en su conjunto parecieran retratar más una ciudad italiana construida con piedra y ladrillo, que una villa colonial de casitas de adobe ubicada el fin del mundo.

Estas imágenes no corresponden al Santiago del s. XVII, pero la idealización que Ovalle transmite, ya sea por nostalgia, por propaganda o por sueños de grandeza para la incipiente ciudad, sí logra dar una idea de su confianza en lo que el hombre había logrado construir en el lejano reino, diferenciándose así del resto de las descripciones de Chile que sólo hablan de la naturaleza y de los indígenas. Así, siguiendo la reflexión de Jocelyn Holt, el mapa de Ovalle no es un registro errado, en cuanto no ilustra la ciudad tal cual es, sino que muestra lo que ésta puede llegar a ser. Es la cartografía y perspectiva de una utopía para Santiago.

Aunque hubo varios mapas de Santiago realizados durante los siglos XVII y XVIII (Frezier, López, Bellin, Fabbri, entre otros), es sólo después de 1800 que proliferan en número y logran registrar de manera más precisa el trazado de la capital. Los mapas decimonónicos de Erhard, Castagnola, Dejean, Herbage, Mostardi-Fioretti y Gritzner, más fidedignos sin duda que los del siglo anterior, avanzan hacia la correcta figuración de calles y manzanas. Pero según Leonardo Espinoza (en El Catastro Urbano. DOM Ilustre Municipalidad de Santiago, 2008), es recién en el plano de Ansart de 1875, realizado por encargo de Benjamín Vicuña Mackenna, que se puede observar un calce casi perfecto con el mapa que hoy vemos en google, en la Turistel, o en una fotografía satelital. Curiosamente, este mapa está orientado hacia el sur. El gesto de abstracción de Ovalle, que miró e idealizó Santiago desde la lejana Roma, probablemente se repite en Ansart, que pareciera haberse posicionado en los altos del cerro San Cristóbal para mirar por sobre los techos, para entender la estructura profunda de esta ciudad.