La fiesta, la guerra, y el paisaje en la construcción de la imagen de Chile

Germán Hidalgo

El cuadro Llegada del Presidente Prieto a la Pampilla fue realizado por Juan Mauricio Rugendas en 1834 (sobre esta obra como vista urbana ver: Germán Hidalgo, 2010). Al año siguiente, lo entregó a una subasta con el fin de ayudar a las víctimas del violento terremoto que en el mes de febrero afectó al Sur de Chile (ver: catálogo de exposición Chile y Juan Mauricio Rugendas, 2007). Sin embargo, a Rugendas le debemos mucho más que este aporte material. Entre otras cosas, las más precisas y acabadas descripciones gráficas de Santiago de la primera mitad del siglo XIX. Esto fue posible gracias a la gran cantidad de dibujos y bosquejos que realizó de nuestra geografía, muchos de ellos incluso con la ayuda de una cámara oscura. Así pudo aprender sus formas, comparar las distancias y componer sus encuadres; indudablemente, al pintor bávaro le debemos gran parte de aquello que hoy entendemos por “nuestro” paisaje.

La escena en particular corresponde a la celebración de las fiestas patrias en Santiago, que desde sus inicios se realizaban en el lugar conocido como La Pampilla. Allí se congregaba, como ocurre incluso en nuestros días, la población más diversa, junto a las fuerzas militares y los miembros del poder político, encabezados por la figura del presidente de la república en persona, tal como se destaca en el título de la obra que reseñamos.

Por todo esto, llama mucho la atención que una parte importante de su título no sea exacto. Como es posible demostrar, el lugar que se retrata en este cuadro no corresponde a La Pampilla, aquel vasto terreno situado al sur de la Cañada, entre las calles Santa Rosa y San Ignacio, que se extendía hasta el Zanjón de la Aguada (Armando De Ramón, 2007) y cuyo espíritu pervive aún hoy en el Parque O’Higgins. Curiosamente, el lugar elegido para ambientar esta escena, estaba situado junto al camino a Valparaíso –la actual calle San Pablo-, distante a seis kilómetros de Santiago y por consecuencia, bien lejos de la verdadera Pampilla (ver: Germán Hidalgo, 2009a y 2009b).

El motivo que originó esta irregularidad tiene la siguiente explicación. Para Rugendas era muy importante dejar en claro que las fiestas en Chile se realizaban al aire libre, a campo abierto, y por cierto, muy lejos de la ciudad. Por eso, desde el punto en que se situó, vemos Santiago como minúsculas manchas blancas en torno al cerro Santa Lucía. En el centro de la composición reconocemos el cerro San Cristóbal, y a su izquierda, el montículo más bajo del cerro Blanco, todos ellos bajo el marco inconfundible del macizo cordillerano. La descripción de la cordillera es simplemente exacta. Rugendas, como hemos dicho, un conocedor profundo de nuestra geografía, reparó en que esta escena localizada en la antesala de la ciudad -y que por tanto todo visitante venido del extranjero debía de tener de la capital-, era la que debía quedar a perpetuidad como imagen de la naciente República de Chile. Ciertamente, son varias las ocasiones en que nos encontramos con este mismo fondo paisajístico en las obras de Rugendas, como si el pintor pretendiera por insistencia, dejar la imagen grabada en nuestras conciencias de ciudadanos y chilenos. Existe otra versión de este mismo cuadro en el Ex-Baring Brothers Bank de Londres (ver Pablo Diener, 1992).  También en el Atlas de Gay, encontramos dos litografías realizadas por Rugendas en que se reconoce el mismo paisaje, con distintos encuadres, y distintos grados de aproximación). Así, más allá de la mera representación de una ciudad, el propósito final de esta obra fue aunar elementos de la fiesta, la guerra y el paisaje, para ofrecerlos como claves interpretativas de lo que muy bien podría llegar a ser el conjunto de componentes de la naciente identidad nacional.