Imagen oscilante: entre el mapa y el territorio

Valeria de los Ríos

Este grabado anónimo del siglo XIX, nos muestra una vista de la ciudad de Santiago que puede ser caracterizada como intersticial: está a medio camino entre el mapa y el paisaje. Como bien sabemos, el mapa es un modelo referencial del territorio, una representación bi-dimensional de un espacio tridimensional, que no supone -en principio- ningún lugar específico desde el cual ser observado.

La elaboración de mapas tiene una larga historia. Muchos estrategas, pensadores y artistas han tenido -y tienen- alma de cartógrafos. Y es que el mapa como representación encierra elementos que lo vinculan a lo concreto (el territorio), a lo abstracto (la representación en sí o su equivalencia matemática) y al poder. En el impulso cartográfico, como en ningún otro modo de representación, se hace patente el deseo de dominio y de control. El territorio quiere ser medido, fijado, demarcado; y a la fuerza de este arrebato de la imaginación controladora, se suma el peso de la convención: un mapa puede inaugurar un modo hegemónico de representación.

Este mapa híbrido de la ciudad de Santiago nos muestra el diseño de damero -es decir, la cuadrícula- que es la base de la mayoría de la ciudades latinoamericanas. En su libro póstumo La ciudad letrada (1984), Ángel Rama explica que para los primeros europeos que ocuparon América la palabra clave era orden, el cual se traslada a la ciudad a través de las matemáticas con el diseño urbano en forma de damero. Así, en el continente se aplicó el principio de “tabula rasa”, al ignorar los valores que regían con anterioridad la organización territorial de América. Los principios reguladores reflejaban una jerarquía social y en la parte alta de la pirámide se encontraban, por supuesto, los letrados. La letra se encuentra presente en el mapa que aquí observamos, en las inscripciones “Río Mapocho”, “Plaza”, “Sta. Clara”, “Sn. Francisco” y “Santiago de Chile”, que de manera redundante indican una imagen  ya de por sí referencial. Al mismo tiempo, estas indicaciones textuales hacen incluso más evidentes los poderes en circulación en la imagen: la iglesia y el poder civil.

El carácter decimonónico de la representación está dado por la forma de “paisaje”: una construcción visual que supone una observación de la naturaleza. Las “vistas” contienen un elemento romántico, que relaciona de un modo sublime al sujeto y su entorno; y supone, a la vez, un impulso nacionalista: recuperar el pasado, la tradición y la identidad. Según el especialista en estudios culturales Latinoamericanos Jens Andermann (2008) el paisaje es a la vez (1) un marco visual, estéticamente placentero; (2) una relación entre cuerpo y entorno, una puesta en acción; y (3) un ensamble móvil entre agentes humanos y no humanos.

En esta representación paisajística los observadores se ubican en altura. Se distinguen claramente cuatro sujetos, ubicados de espaldas al observador en este mirador natural de la ciudad de Santiago. Dos de ellos se encuentran reunidos, quizás comentando la vista que tienen ante sus ojos. Son seguramente los letrados: un fraile y un señor, que se diferencian por sus atuendos de sus rústicos acompañantes, probablemente, sus guías.

Tal como sugiere Andermann, en el paisaje como forma de representación no hay vuelta a la naturaleza: el paisaje en sí es una noción intersticial, oscilante entre imagen y entorno, aquello que ensambla lo perceptivo con los efectos que la percepción produce en la materialidad que lo abarca. Así, observadores y naturaleza observada se convierten en partes inseparables de un dispositivo performativo, en perpetua transformación: no sólo naturaleza, no sólo cultura, sino una relación dinámica entre ambos elementos.