Fiesta ciudadana

Soledad Chávez Fajardo

El verse, el arreglarse, salir de la casa y pasearse. En otras palabras, el mostrarse en público. Primero, en carruajes; después, en caminatas. Son señales de los nuevos tiempos, donde la modernidad saca al ciudadano de sus espacios cerrados y lo muestra. El paseo, además, forma parte de un nuevo disciplinamiento: el del control de la plebe por medio de un itinerario cívico. El Campo de Marte, la Quinta Normal de Agricultura o el paseo de La Cañada son los destinos de paseo más usuales. Esta práctica puede ser entendida como la educación para la vida social, la misma de la que hablaba Domingo Faustino Sarmiento (1841): “Los pueblos como los individuos necesitan larga preparación para la vida social y esta preparación no es la misma en todas las épocas ni todas las fases de la civilización”. En el caso de Chile esta preparación va de la mano de cierta idiosincrasia criolla, particular: las fiestas derivadas de nuestras tradiciones, de nuestras efemérides. El plan de Sarmiento conduce -como era de esperar dentro de su actividad programática- al más absoluto ordenamiento de la ciudadanía. Hay diversas instancias donde llevar a cabo esta formación. Una, en particular, viene a dar cuenta de la secularidad de los nuevos tiempos, con la instalación de la fiesta democrática, allí donde, en palabras de Sarmiento (1842): “la igualdad no es una quimera, ni la libertad un nombre vano”. La fiesta, por lo tanto, es el reducto donde se contempla la ciudadanía en todo su esplendor, una: “república llena de vida y animación, el pueblo soberano, el pueblo rey”, nos dice Sarmiento (íbid.). En La Cañada se observa un largo paseo con miles de personas: “zumbando como las abejas en enjambre, en torno de ese lecho de dudoso perfume en que cada sentido tiene su representante”, señala Tornero (1872). ¿Debe ser penalizada, entonces, la fiesta? Sarmiento  la defiende: “El hombre necesita gozar de la existencia, escaparse un momento de la insipidez de la vida ordinaria; necesita exaltarse, padecer a trueque de gozar” (1842).  Este momento le da al ciudadano un remanso de descanso: “El proletario se emborracha y paladea la felicidad sólo un momento”, afirma Sarmiento (íbid.). ¿Por qué si esta conducta era defendida podía ser considerada, en otro contexto, como un pretexto para encarcelar a un sujeto? Alejandra Araya (1999) afirma que era considerado un vago quien: “concurría a las canchas de juego y a las pulperías”, un factor de alto riesgo para los empleadores, quienes temían el ya colonial San Lunes. La corrección y el castigo, señala Araya, fueron las medidas fundamentales para poner orden a tales comportamientos ciudadanos. Otra medida fue la de normar esta diversión, instalándola en fiestas previamente reguladas, tal como señala Luis Alberto Romero (1988). Estas instancias -formas criollas de convivencia- están vigiladas e incluyen acontecimientos católicos como la nochebuena. Festejo y vigilancia podrían estar lejos de la paz y recogimiento que se esperan de una fiesta como ésta. Recaredo Tornero, en 1872, ironiza con ella: “que la iglesia llama buena, y que Larra llamó tan mala como una noche de infierno”. Secularización, una vez más, además de formas de capitalizar con ella. En efecto, tal como vemos en el grabado, esta vida en la calle genera: “la perspectiva de ganar el día […]. Será este espacio una posibilidad laboral […] Las cocinerías se prolongan en los despachos de bebidas y éstos en las chinganas” señala Romero (1988). De esta forma, la nochebuena en la Cañada pasa a ser una feria atiborrada, llena de vida: “que harían creer al curioso que toda una población ahuyentada de sus hogares por algún terremoto o calamidad parecida, había escogido aquel sitio como lugar preferente para sus tiendas”, como la describe Tornero (1872). Las viandas llaman a la gula en navidad; los aromas, sabores e imágenes se transforman en sinestesias mundanas: “licores, frutas, empanaditas, dulces, flores, ramitos de albahaca, ollitas de las monjas, horchata con malicia (aguardiente), juguetes, y cuanto inventó la gula chilena de más apetitoso para los blindados estómagos del pueblo” describe, con su prosa característica Tornero, en la que fue la primera guía turística de Chile: su Chile ilustrado de 1872. Disciplinamiento social, fiesta ciudadana y, cual coda paradójica, el nacimiento de Cristo en su fiesta-feria.