Ahí viene la modernidad!

Amarí Peliowski

Desde la fundación de Santiago, los edificios de la Plaza de Armas han sido contados entre los proyectos más emblemáticos de la arquitectura santiaguina; sin duda, en estos aproximadamente 40.000 metros cuadrados ha existido la mayor densidad de monumentos patrimoniales de la capital desde su fundación hasta hoy.

Los edificios más antiguos de este lugar, y existentes aún hoy, son tres; en primer lugar, la catedral, cuya versión inaugural data de alrededor de 1561. Tras diversas reconstrucciones y refacciones producto de daños por incendios y terremotos, la que hoy existe corresponde a la séptima versión del templo. Luego, en el costado norte de la plaza –que es el que vemos en esta fotografía-, se distinguen tres edificios, de los cuales dos son aún reconocibles. En la extrema derecha, está el Cabildo, construido por Joaquín Toesca entre 1785 y 1789, que con una nueva fachada alberga hoy a la Municipalidad de Santiago. El siguiente edificio, al centro de la fotografía, es el de la Real Audiencia. Tradicionalmente atribuido también a Toesca, desde hace varios años se comprobó que fue construido por uno de los discípulos de Toesca, Juan José de Goycoolea y Zañartu, que logra con menos experiencia pero bastante talento, levantar un edificio neoclásico en la tradición de su maestro. Como dato anecdótico, Goycoolea, sin poco escándalo, fue el amante permanente de la mujer de Toesca, quien incluso intentó envenenar a su esposo para arrancar del matrimonio (a este respecto, ver la novela de Jorge Edwards, El sueño de la historia, 2000). En el palacio que Goycoolea levantó funciona actualmente al Museo Histórico Nacional, y es el edificio de la plaza que mejor conserva su aspecto original. Por último, en el extremo izquierdo de la imagen, se ve el Palacio de los Presidentes, un edificio construido en 1705 en el lugar de la antigua residencia de Pedro de Valdivia, que fue sucesivamente remodelada hasta que en 1908 el arquitecto Ramón Fehrman le adjudicó un aspecto totalmente diferente y más ad hoc al el gusto de la época. Desde 1882 se ubica ahí la Central de Correos de Chile, después de que sirvió hasta 1842 como residencia de los gobernadores de Chile.

La Plaza de Armas, espacio fundacional y fundamental de Santiago, ha tenido así múltiples aspectos debido a las sucesivas construcciones, destrucciones y refacciones de los edificios. Sin embargo, tan importante como su perímetro patrimonial son las modificaciones que se han hecho a su gran explanada central. La plaza de tierra de los siglos XVI, XVII y XVIII, que sirvió de mercado e incluso de lugar de ejecuciones públicos durante la colonia, está lejos de la plaza arbolada y pavimentada que reconocemos hoy. En esta imagen se puede ver un momento específico de la transición que con incipientes transformaciones modifica la antigua plaza colonial, que pasa a ser, en unas décadas más, un paseo aristocrático y centro de reunión social e incluso intelectual, de formas comparables a los espacios verdes urbanos de las admiradas ciudades europeas. La modernidad urbana es poco visible en esta imagen, donde los edificios de aspecto colonial y el suelo terroso vinculan más a la plaza con su pasado semi-pueblerino. Pero hay pequeñas señas que permiten vislumbrar el futuro que se avecina: hay una fuente central hasta donde se han trazado cuatro ejes diagonales pavimentados, adivinando el deseo de orden y civilización en el acto de habitar la plaza. Además, sobre los cuatro caminos hay cuatro postes de luz a gas (las luminarias eléctricas sólo llegarían a alumbrar la plaza en 1883), recurso público que empezó a instaurarse hacia 1850 en la capital. Éste fue uno de los importantes aportes a la modernización de Santiago que se desarrolló durante la segunda mitad del siglo XIX, que acompañó a la bonanza económica asociada a la explotación minera, y que tuvo su culminación en las remodelaciones urbanas gestionadas por Benjamín Vicuña Mackenna en la década del ’70. Como si los elementos propios de la plaza no fueran suficientes para mostrar el porvenir auspicioso del centro de Santiago, Manoury parece haber elegido deliberada y precisamente este momento, cuando había enarbolada una bandera preconizando la llegada del vapor, para que al menos se adivinara que las cosas van por buen camino: llegó el vapor!